ANDRES, EL DE LOS CUENTOS.
ANDRES, EL DE LOS CUENTOS.
Harichandra Shastri.
03-09-03
A Andrés Ernesto, mi
sobrino, a quien quiero igual que a un hijo; para él es esta historia.
‘Mientras mas se vive, mas
se cuenta’
El Monje Loco
Andrés, también llamado André, Andi o El Andante, era un
tipo que sorprendía siempre por muchas cosas, en particular por contar unas
historias muy interesantes que decía haber vivido. La cuestión era que cada vez
tenía mas historias, mas cuentos en medio de los viajes que realizaba sin que
nadie pudiera comprobar realmente si estaba hablando en serio o no.
Por razones de la alta simpatía que poseía y que a todos
encantaba, Andrés hablaba con uno y con otro sin mayor problema, no s ele
secaba la garganta para relatar uno u otra historia tal vez repetida, pero eso
si, muy entretenida cada vez que la contaba.
Una cosa
era cierta, el tipo había hecho uno que otra viaje, dos o tres fuera del país.
Los boletos fueron vistos por todos, hacia Europa, Asia y centro América; mas
allá, las historias, esas historias de las que hablaba, ¿eran suyas realmente?
Muchos de sus amigos, a veces, cuando teníamos la conversación con los temas ya
muertos, debatíamos sobre Andrés y sus hazañas.
Las
opiniones eran muy diversas:
-
Son cuentos imaginados por él;
-
Son adaptaciones de libros que leyó por allá;
-
Son parte de la vida de otros y las toma como suyas;
-
Son cosas de periódicos y revistas leídos en otros
idiomas, etc.
En fin, luego de tanto
discutir y bromear, llegábamos finalmente a la misma conclusión: -¿Qué haríamos
sin este Andrés y sus historias?
Porque es que Andrés no era ni
mala gente, ni vicioso, ni problemático, ni descortés. Verlo cortejar a una
mujer, su ‘novia de turno’, como las llamaba, era todo un placer. Se desvivía
el hombre en medio de poemas y frases melosas que a las muchachas y a las que
no eran tan muchachas fascinaba. Sacaba dinero de donde no tenía, ropa elegante
no le faltaba, ocurrencias cómicas las tenía de a miles y sobre todo, se
sentido del humor que jamás lo abandonaba; era, creemos nosotros, su arma
secreta.
Pocas veces vimos a Andrés
llorar y no era porque tuviera ese
concepto de que los hombres no lloran, sino porque su sentido del humor en vez
de deprimirlo hasta el fondo del alma; se tornaba negro pero reflexivo. Creíamos
que realmente se sentía muy solo y de hecho que lloraba en su casa cuando nadie
pudiera verlo, eso era lo que especulábamos que pasaba. El orgullo que poseía,
lo usaba, muy conscientemente, como escudo y como arma letal, siempre le costó
ser humilde, sencillo, era una especie de defecto natural en él.
Los años pasaban y mientras
muchos de nosotros nos casábamos y con el matrimonio llegaban los hijos y el
resto de las obligaciones, Andrés continuaba yendo de un país a otro,
deleitándonos con sus historias, sus aventuras y sus amores. Recuerdo claramente
una vez la cara de su madre al verlo llegar del brazo de una mujer extranjera,
esa vez se quedó un mes entre nosotros; sus amigos y su familia. Luego, pasado
el tiempo, después de irse volvió con otra mujer también extranjera, lo único
que hacíamos era reírnos y pensar: vaya con las travesuras amorosas de este
amigo.
Andrés no terminó la
universidad, no lo hizo porque jamás la empezó, sin embargo, decía que había
estudiado algunos semestres de esto o de aquello, dependiendo siempre de quien
lo escuchaba. La cosa era que poseía todas las características de un
intelectual; desde la cara de leído y conocedor hasta la inteligencia necesaria
para cada caso, además de hacerle al actor según el momento, el tiempo y la
circunstancia. No sabemos realmente como llegó a ser gerente de un banco,
asesor político, maromero y payaso, declamador y poeta, casi candidato a una
gobernación, militante antiguerras, profesor de idiomas y quien sabe que mas
cosas.
Ya de joven todos le
detectamos ese gusto y esa capacidad para improvisar chistes, imitaba voces y
formas de hablar de otras gentes; gallegos, argentinos, mexicanos, etc.
Decíamos: ¿Por qué Andrés no se meterá a cómico? Tal vez por allí este su
futuro.
El tiempo pasaba y mientras
nuestros hijos crecían y nosotros, unos reteníamos los empleos con lucha dura y
otros, lo perdían; Andrés no se definía por nada en específico y seguía
incursionando en todo lo que podía, ya nos dábamos cuenta que esa era su vida,
que había encontrado su destino entre los viajes, los idiomas y los
extranjeros. Recibir sus cartas y postales era algo que siempre celebrábamos,
bien nos escribía de México, bien nos llamaba de Egipto o España, bien nos
invitaba a tomar cerveza cada vez que venía. Sus regresos eran también motivos
de polémica. Se daba el caso en que llegaba forrado de dinero, entonces las
fiestas no faltaban, los múltiples regalos y las mujeres del brazo.
En otras ocasiones, la cosa
era al revés. Cuando pensábamos que ya no vendría mas porque ni mandaba correos
electrónicos ni postales ni nada, recibíamos la noticia por parte de sus
hermanos o de su mamá, que había llegado el Andrés, pero al verlo sucedía que
lo notábamos mas decaído, cabizbajo, desanimado. No le había ido bien y quizás
huyendo de algún problema grave que definitivamente no explicaba del todo
claro, lo teníamos allí; en el país, intentando hacer algún negocio
espectacular que le permitiera volver a algún lugar ya conocido donde le
sobraban amigos o planeaba llegar a alguna capital desconocida para hacer esos
negocios que sólo él sabía hacer.
¡Qué caso raro era André!
Con el tiempo dejamos de
cuestionar las historias, ya no nos interesaba si eran verdad o mentira, había
nacido una especie de aceptación solidaria con nuestro amigo, un gran amigo, ya
que jamás, jamás de los jamases nos había hecho daño alguno, ni tenía faltas
fatales que reprocharle y cuando pudo, algunas veces, nos ayudó con dinero
desde fuera. Mas allá, algo nos decía que Andrés no era feliz, al menos no
tanto como el quería proyectar. Existía la creencia de que se había aburrido de
las mujeres, aunque no por eso las dejaba, pero el hecho de que hubieran pasado
tantas por su vida tal vez mermó en algo su galantería natural y su deseo
constante de no estar solo.
Dicen que los años no
perdonan, y de hecho pasaban en la vida de todos, solo que para Andrés estos
parecían hacerle un gran bien, lo beneficiaban en todos los sentidos, ya que
poco a poco desarrollo buenas tácticas de seducción logrando establecerse por
años con una sola mujer, tuvo éxito en el negocio de los cuentos escritos,
animado tal vez por esta nueva conquista y aunque no lo vimos, nos envió su
primer libro de historias, que leímos en grupo y reímos a gusto al ver que eran
las mismas que nos contaba solo que narraba con gran maestría y estilo.
Al fin, nuestro querido amigo
Andrés se topaba con su destino, agarraba la avenida principal de su vida, fue
allí entonces cuando su familia y nosotros supimos que jamás regresaría a vivir
en su país natal, que solo lo traería de vuelta algún problema en su casa, la
muerte de algún familiar o amigo o en
ultimo caso; la nostalgia por su tierra, lo que le obligaría a visitarnos al
menos unas semanas.
Entonces Andrés ya no regresó,
escribía regularmente diciendo que andaba en tal o cual cosa, muy ocupado con
entrevistas, con proyectos de radio y televisión, queriendo ser actor o músico.
Andrés, mas que cambiar, evolucionó dentro de su mundo de historias, historias
que vivimos todos con él gracias a la amistad que siempre nos tuvo. Al hablar
de su persona, a algunos de nosotros parecía atacarnos algo de envidia, de
deseo de querer saber como era su vida realmente, esa vida que nuestro
compañero de infancia llevaba con tanta facilidad.
Andrés, el de los cuentos, el
de las narraciones raras, había vivido y sin embargo, no lo había hecho solo,
pues tuvo la buena idea de compartirse con nosotros, con su familia, con sus
muchas conquistas y con todo aquel que lo conoció por donde fue.
No podré nunca saber si la admiración
s eme mezclaba con envidia al hablar con mi amigo, lo que si se es que mi vida
no sería nunca la misma sin él, ahora
recuerdo que jamás le di las gracias por todo lo que hizo por mi. La próxima
vez que vuelva, si lo hace y tengo la oportunidad, le daré sinceramente las
gracias en medio de un abrazo de hermano.
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